Demagogia rockera
Por:Marco Basualdo*
¿Cuál es el problema con el reggaetón para que un grupo de músicos de rock organice un recital, el pasado fin de semana en el Teatro al Aire Libre paceño, en contra de este indiscutible movimiento generacional? ¿Es suficiente con afirmar que sus letras no guardan contenido y que se expone a la mujer como un objeto sexual? ¿Es acaso el rock el canal de denuncia por excelencia, en lugar de la melodía donde una infinidad de artistas retrató sus frustraciones y hedonismos?
Para empezar, crear antagonismos entre categorías tan disímiles debería ser inútil. ¿El rock en contra del reggaetón? ¿El rock censurando a otros géneros? Peor todavía.
No es la primera vez que sucede con la cremita de músicos locales, pues en repetidas oportunidades y a su debido momento se manifestaron en contra de la cumbia “chicha” y de la “villera”, sin entender que uno y otro género cumplen una función distinta en las industrias de ocio y entretenimiento; sí, industrias, porque en esta sociedad, tanto el rock como el reggaetón, los huayños de las Chicas mañaneras o el jazz de El Parafonista también venden, o por lo menos están pensados para ello. Además, ¿por qué poner en una misma balanza al rock que dicen elaborar y a los otros ritmos de moda, menospreciados por simples y superfluos?
Por otro lado, la lista de grupos antireggaetoneros no es la apropiada para enarbolarla como los idealistas del rock local. Unit ya tiene dos discos en el mercado con la totalidad de temas en idioma inglés, Red Holocaust (2002), que incluye títulos como End, Broken, Red holocaust, Die y Blender thoughts blind scars, y Beware of the dog (2006) con el difundido Dog of the fog off the country. ¿De ideología y contenido? Pues habría que dominar el inglés, lo cual ya denota demasiado.
De Los Tocayos, Fuera de bromas (2003) y Cueztión de eztiloz (2005), aquéllos cuyo cantante imita en timbre al de la cabeza de pollo de Café Tacuba, difícil poder hablar de una línea leal siquiera consigo mismo, pues nacieron del cóver, y aunque han intentado alejarse de su gran influencia, continúan con el “eztilo” comercial con el que salieron a la luz. ¿Alguien diría que Sin medida, el gran éxito del grupo, es un canto a las utopías?
Maldita Jakeca es un licuado, un verdadero pandemonio musical que ha hecho del sarcasmo su mejor fórmula para la receptividad, pero incurre en una mala senda al discriminar un género valedero, ellos que bebieron de todas las aguas para alimentarse y devolver pura ebullición registrada en sus discos con títulos díscolos para el medio, Alka Seltzer (2001) y Encholado (2006).
Lo de Atajo, grupo que acaba de cumplir una década con el eslogan de rock urbano, parecería consecuente, pero quiénes son ellos para criticar lo que está de moda. Su director, Panchi Maldonado, supo colgarse la polera del Comandante Marcos durante el auge del movimiento zapatista, alinearse al movimiento cocalero cuando lo del fenómeno Evo ya era inminente, componer una canción de ritmo árabe en tiempos de la invasión norteamericana a Irak (otras tonadas fueron el corrido, el huayño, el ballenato...), y hasta dedicarle una canción a Víctor Hugo Viscarra cuando, después de su muerte, la élite literaria se amargaba por la desaparición de aquel al que evitaban saludar mientras vagaba ebrio por las calles paceñas. Se podría decir que Atajo estuvo en la contramoda, aquella moda que imponen aquellos que apuntan al mercado de los disconformes con el sistema.
Esto resume una actitud poco rockera, sin duda. Y poco honesta. Es ignorar lo que hacen colegas de otras latitudes, pues el reggaetón, que encuentra raíces en el reggae, aquella música nacida en Jamaica de la mano de los rastafaris, tiene un origen más que marginal, malo e infortunado como el rock.
Aquel contagioso baile que se fusionó con el hip hop y el ritmo de Bob Marley nació en Panamá, durante los años de construcción del canal, y fue el vehículo de protesta de los inmigrantes jamaiquinos y sus hijos. Como el blues, sólo que caribeño. Más allá de las temáticas de las actuales estrellas del reggaetón, las primeras canciones del género describen las penurias de los trabajadores además de las historias de vida de los adolescentes de los barrios marginales. Narraciones a veces pesadas. Como el auténtico rock.
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